El
espectador peruano se queja constantemente del cine nacional. La queja no es
arbitraria. Las más recientes producciones nacionales, específicamente las producciones
limeñas, han tenido una baja calidad, por no decir mediocre.
Las
producciones nacionales parecen orientadas a priorizar la demanda de un
supuesto consumidor promedio –producto de estudios de mercado que pretenden asegurar
el ‘éxito de taquilla’– en detrimento de enfocarse en construir obras de
calidad que inviten al espectador a potenciar su apreciación sobre el arte y su
relación con la vida cotidiana a nivel teórico y práctico.
Esto puede
deberse a que el cine, como muchos otros artefactos culturales, está inserto
dentro de la lógica del mercado, en la cual la ley de la oferta y la demanda es
total y totalizante. Los consumidores, claro está, tienen el derecho de
consumir lo que deseen, siempre y cuando dicho consumo exista dentro de un
marco normativo que defienda los derechos del consumidor y los derechos civiles
fundamentales. Al margen de ello, ¿por qué la gran mayoría de producciones
cinematográficas nacionales tienden a caer en la repetición, el reciclaje
barato e incluso en la obscenidad?
Como se
dijo anteriormente, una de las razones es porque existe un público demandante
de ese tipo de cine. La discusión sobre si ese tipo de cine es bueno o malo,
puede ser interminable. Sin embargo, el público tiene derecho a consumir por lo
que conscientemente está pagando. Por esta razón, vale la pena preguntarnos ¿El
público es consciente de lo que hace?
Tratar
de responder a la ligera, inevitablemente podría transportarnos a una posición jerárquica
desde la que pretenderíamos decirle a un grupo de personas que hacer y qué no.
Por lo tanto, hay que coincidir en que al margen del tipo de cine que se les dé,
el público –asumiendo que es ciudadano y responsable– tiene todo el derecho a
consumir lo que le plazca.
Otra
razón por la cual la mayoría de producciones nacionales caen en la mediocridad,
es sencillamente por la falta de una cultura en la que el cine posea valor
social. El cine nacional y extranjero que llega a nuestras salas es generalmente
un cine mercancía que, debido a la necesidad de generar la mayor cantidad de
utilidades posibles, rota rápidamente en los canales de compra y venta de
nuestro circuito cinematográfico nacional. Los compradores y a la vez vendedores
de ese tipo de cine, las cadenas de multicines, no reparan detenidamente en la
calidad del producto, ofreciendo así producciones tan descartables como una
comida “fast food”.
Un
ejemplo gráfico de esta realidad es el estreno de “Siete Semillas”, producto
cinematográfico nacional de Tondero Producciones. Comencemos por relatar el argumento de
la obra: Un hombre, exitoso, emprendedor y padre de familia vive una crisis
interna que lo obliga a replantear su estilo de vida, ayudado por una suerte de
gurú espiritual, quien lo guía hacia la felicidad. El argumento, basado en un
libro de ‘autoayuda’ del conocido escritor David Fischmann, es la historia
arquetípica del sujeto ciudadano emprendedor que una vez superada la movilidad
social, encuentra la felicidad en formas tradicionales de experimentar su
realidad más próxima.
La realidad
histórica explica que desde finales de la década de los 70, con la crisis
financiera global que se vivió entonces, hubo un viraje económico y cultural a
lo que ahora se conoce como ‘Neoliberalismo’. Los gobiernos de Thatcher y
Reagan comenzaron con el pie en alto en el mundo, desembocando en que las
relaciones internacionales y las relaciones sociales dentro de los países que
experimentaron las políticas neoliberales, se transformaran hasta el día de
hoy.
La
sociedad peruana experimentó de forma tardía estos cambios durante la década de
los noventa, empezando a romper con ciertos lazos materiales y mentales con el
tipo de sociedad semi tradicional en la que se vivía antes y también, claro
está, por influencia de las migraciones del campo a la ciudad que se dieron en
décadas anteriores.
En un artículo
de los 80 publicado en la New Left Review, el historiador Inmanuel Wallerstein
planteó que aquello conocido como “burguesía” por los estudiosos decimonónicos
e intelectuales marxistas de la primera década del siglo XX , se estaba
transformando debido a las sucesivas crisis financieras acontecidas durante la
segunda mitad del siglo pasado. La visión del burgués de antaño, propietario de
los medios de producción, de quien John Rockefeller fue un ejemplo muy gráfico
había cambiado hacia el gran gerente corporativo con un gran background
educativo, el CEO.
Por ello,
no es raro que a finales de la década de los 70, aparecieran tantas ofertas
educativas en los países capitalistas centrales y aparecería tanta literatura
de autoayuda orientada al éxito profesional. Esto, por supuesto, llegaría con
retardo al Perú y no es coincidencia la ley de la liberación de mercado educativo
de Fujimori y la asfixiante cantidad de literatura de autoayuda que aparece
como un alud en las ferias de libro de todos los años en Lima.
Entonces
¿“Siete Semillas” es parte de este movimiento cultural? Quizá solo sea un signo
de que dicho movimiento ha llegado con retraso a nuestro país. Y no solo “Siete
Semillas”: las dos “Asu mare” -donde el personaje también es una suerte de
emprendedor “criollo”- y “Paraíso” (2010) de Héctor Gálvez, entre otras
películas.
Quizá
sea muy temprano para hablar de una época del cine peruano diferenciada de
otras, como durante la década de los 80 en la que claramente se quiso expresar
el aspecto marginal de las periferias de Lima durante la última oleada
migratoria hacia nuestra capital, aunque esto podría explicar el gusto del
consumidor por aceptar este tipo de películas.
Quizá
otra razón por la cual nuestro cine se mantiene en un nivel bajo de calidad es
por una cuestión, muchas veces repetida a modo de muletilla: No hay suficiente
apoyo y presupuesto para producciones de calidad. Esta es una verdad a medias.
No es directamente proporcional un presupuesto alto con una película de alta
calidad. Evidencias en la historia del cine hay muchísimas.
Sin
embargo, un factor que se mantiene a veces oculto es el siguiente: el cine
nacional es mediocre porque los productores y directores subestiman al público.
Existe una creencia arraigada respecto a que la audiencia masiva, la ‘masa’, no
va a comprender un tipo de cine distinto al denominado ‘comercial’. Que los
llamados ‘sectores populares’ son cerrados sobre sí mismos y no son capaces de
comprender un tipo de cine alternativo y de calidad. La creencia de que este
público es ignorante por carecer de un alto nivel educativo, puede ser un reflejo de lo antes escrito. Pretender
no ofrecer al público algo más que la lógica del circuito cinematográfico
comercial puede hacer olvidar que otras producciones e intentos de hacer un
cine de calidad, no necesariamente con altos índices comerciales, también son
importantes.
El
debate acerca de que producciones artísticas son de calidad y cuáles no,
necesariamente desemboca en los conocidos debates acerca de elites versus
sectores populares y el arte como un instrumento de poder. Esa discusión tiene
décadas de abierta y probablemente nunca habrá consensos. Pero en lo que sí se
puede coincidir es que el cine comercial no debe ser el único en la oferta de
cine que se le da al público.
El cine
comercial tiene derecho a ser ofertado, pero no debe convertirse en el único ni
siquiera en el que posee la hegemonía de la oferta cinematográfica nacional. Aceptar
esa realidad es aceptar que ahora en adelante la calidad del cine va a estar
sujeta a las leyes del mercado, y dentro de las leyes del mercado, quien
administra la justicia es quien tiene el poder de la producción y la
mercantilización. ¿Quiénes son estas personas? Sabemos que Tondero Producciones
intenta posicionarse pero si sus producciones son cualitativamente paralelas a
las últimas que ha hecho, no esperemos en futuro prometedor.
Necesitamos
más que nunca cineastas comprometidos con creaciones que pretendan ser
trascendentales. Total, y siendo maniqueos, el mercado también recompensa, a
mediano o largo plazo, a la producción destinada a grandes objetivos. El
mercado también galardona la especialización del trabajo.
Luis Ivan Padilla Moron. Bachiller en historia por la Pontificia Universidad Católica del Perú, actualmente haciendo su tesis sobre HIstoria del cine y migraciones en Lima. Sus áreas de interes académico son el cine y la historia política en el siglo XX.
- 8:22:00 a.m.
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